1/10/2006

En el Chapare o Chiapas: Evo / Marcos: opciones radicales para el planeta indio

Rafael Archondo

¿Cuán lejos o cerca se encuentran Chimoré o Eterazama de Ocosingo o San Cristóbal de las Casas?, ¿qué diferencias separan y qué coincidencias unen al subcomandante Marcos y a Evo Morales? Este es un bailoteo libre alrededor de las comparaciones.

Ni los zapatistas mexicanos fundadores del EZLN ni los cocaleros bolivianos que dieron origen al MAS son pobladores originarios de sus zonas iniciales de influencia. Ambos llegaron hasta allí de tierras que les resultaron hostiles; ambos colonizaron aquellos parajes poco poblados. Los hombres y mujeres de Chiapas huían de las haciendas ganaderas que los dejaron sin sustento económico, escaparon hacia las cañadas persiguiendo nuevos suelos que les dieran de comer. Los hombres y mujeres del Chapare arribaron a la zona norte del departamento de Cochabamba tras el derrumbe de la minería del estaño, entraron a abrir sendas, a roturar la tierra, a integrarse a un nuevo circuito económico que comenzaba a cobrar su auge.
Para el caso del sur mexicano, la organización de los colonos corrió de la mano de los diáconos de la Iglesia primero, y de la de militantes maoístas después, convocados por los propios curas para generar una nueva cultura de solidaridad y hacer frente a los terratenientes. La Biblia hablaba del éxodo, de la diáspora, de una nueva identidad alimentada por la sensación del exilio. En Chiapas surgía una nueva pastoral de los desplazados, entrelazada con un activismo organizativo que llegó a congregar a medio millón de personas.
En cambio en el Chapare, lo que se avecindó en la selva fue la rica experiencia sindical minera, el rito de la asamblea, la oratoria florida, el gusto por elegir secretarios para toda función y preferencia. No es extraño que en medio de esas corrientes nadara con garbo el experimentado Filemón Escóbar, teórico de los órganos de poder y de la necesaria fusión entre poder político y sindical. Allí, a varios kilómetros de las minas y en un ambiente radicalmente distinto, se estaba recreando la experiencia que en los años 40 llevó a conformar el bloque minero parlamentario, una bancada de sindicalistas del subsuelo colocados en el Congreso por decisión de sus asambleas de socavón y la curiosa participación de la Federación del sector en elecciones generales. Mientras a los chiapanecos los recibieron los párrocos con su discurso dedicado a los “hombres nuevos y verdaderos”, los chapareños cargaron en la mochila con su cultura política para hacerla fructificar en aquel hábitat que les servía de anfitrión.
Así, casi de manera simultánea, Chiapas y el Chapare empezaron a poblarse de organizaciones de base. Las de México aceptaron en 1982 que las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) alzaran sus fusiles para defender a las comunidades de la expansión de las haciendas y de sus guardias “blancas” paramilitares. Entre los recién llamados estaba Rafael Sebastián Guillén, alias Marcos. En aquel tiempo, como ahora, la tierra no tenía dueños legales claros y este vacío de documentos alentaba los abusos de los más poderosos.
En cambio, la vía armada no fue la ruta privilegiada para los cultivadores de coca del trópico cochabambino. Si bien se habló muchas veces de un posible ejército de autodefensa, los conflictos con los uniformados de la zona se desarrollaron dentro de los linderos de la protesta pública, aunque cada vez más aderezada con rasgos violentos y consecuencias letales para ambos bandos. Entonces, la experiencia boliviana caminó más por la senda del sindicalismo que por el de la constitución de una vanguardia fusilera al servicio de los pobladores. Fueron las condiciones de cada país las que abrieron un itinerario o cancelaron otro.
Mientras en México las vías electorales y pacíficas tardaban demasiado en abrirse, en lo que podría considerarse como una de las transiciones más lentas hacia la democracia (duró 13 años, de 1977 hasta 2000), en Bolivia, a los cocaleros no les costó mucho esfuerzo construir un partido para participar por vez primera en las elecciones municipales de 1995. Hoy, siete años más tarde, son la segunda fuerza política del país, una auténtica marca histórica de ensanchamiento electoral.
Entonces, mientras Evo Morales tiene hoy en su poder una legitimidad de más de medio millón de votos, el subcomandante Marcos debe darse por satisfecho al saber que ha conseguido abrir los oídos del poder político mexicano a la agenda de los temas indígenas siempre relegados en su país, donde sólo diez de los cien millones de ciudadanos se reconocen como indios. En materia de logros, Evo ya posee más medallas en el pecho que el encapuchado de pipa y poesía humeante.

La democracia como cimiento
Sin embargo, a pesar de que un movimiento porta fusiles y el otro, urnas llenas de votos, ambos poseen una nítida vocación democrática. “Mandar obedeciendo” es la consigna proclamada detrás del pasamontañas, “elección de candidatos en las bases”, podría ser la del MAS. En ambos casos, tanto el brazo armado en México como el electoral en Bolivia son precisamente eso, brazos, extensiones de un cuerpo social para invadir un espacio ajeno y ponerlo al servicio de las causas nacidas de la vida cotidiana de la gente. El MAS pondrá 35 bancas parlamentarias a disposición de los sindicatos y sus luchas, mientras el EZLN no es más que un apéndice armado de las comunidades de los Altos de Chiapas, cuyo único fin ha sido hasta ahora propiciar el diálogo en torno a las demandas indígenas en uso de una práctica disuasiva denominada “violencia organizada”.
Los zapatistas afirman ser un ejército que persigue su propia desaparición desde el momento en que se reconozcan constitucionalmente los derechos de sus pueblos. En ese sentido, fueron las comunidades de Chiapas las que decidieron en asamblea magna el alzamiento de 1994. Tan notablemente democrática fue la acción, que un grueso sector comunitario rechazó la necesidad de levantarse en armas y abandonó la zona del conflicto sin delatar a quienes sí perseguían la salida dura. Tras seis días de combate, vino el cese de hostilidades y el EZLN abandonó los balazos para emplear su recién conquistada fuerza simbólica en la apertura de ensanchados espacios de deliberación democrática. Esa fue su contribución efectiva al arribo de una democracia de verdad ocurrida hace dos años tras la caída del PRI, encarnación de siete décadas de monopolio estatal partidario. Evo Morales puede aquí aspirar a lo mismo, es decir, a completar las falencias de un sistema que todavía no cuenta con un diseño institucional capaz de incluir a quienes practican un tipo de democracia que se rehúsa a quedar restringida a la emisión de un voto de quinquenio en quinquenio.
En otro sentido, ya han pasado ocho años sin que los zapatistas conquisten aún medidas concretas para los pueblos que representan. Por su parte, el MAS podría regalarnos la innovación intuida por el propio Marcos, por la cual las organizaciones territoriales de la sociedad más excluida se adueñen de parcelas claves del parlamento y permitan que allí dentro se encaren los problemas y demandas de una sociedad que va creando sus propias correas de mediación, su poder alterno.
Evo y Marcos, junto a Rigoberta Menchú y los líderes del movimiento Pachakuti en el Ecuador, son las caras más descollantes del planeta indio que nos aloja y creo que en el balance, el boliviano trompetista ya ha tomado la delantera. (2002, Semanario Pulso)

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